La llave maestra de la razón

La llave maestra de la razón es la de cierre. Es cierto que es la razón lo que, como especie,  nos ha sacado de la dura competencia natural y nos ha llevado multiplicarnos por todo el planeta, incrementando enormemente la duración y calidad de vida, disminuyendo enormemente la mortalidad infantil, etc. (a pesar de las grandes desigualdades que existen entre ricos y pobres). Pero también es cierto que la razón no es algo que podamos desconectar por mera intención. Podemos mover un brazo, o dejarlo quieto. Pero no podemos, por mera voluntad, por ejemplo, detener el riego sanguíneo en la última falange del dedo meñique. Podemos hacerle un torniquete, pero no podemos detenerlo por mera voluntad (salvo tal vez mediante algún entrenamiento loco). También así con la razón. Si nos resulta indispensable, no importa que hayamos apagado su funcionamiento. Aparecerá para indicarnos lo que nos conviene. Sin embargo, así como no podemos extinguirla por completo (salvo tal vez mediante algún entrenamiento loco), sí que existe la posibilidad de extenderla en exceso y crearnos sufrimiento por el mero hecho de pensar demasiado. De hecho, es una de las raíces del sufrimiento de nuestro tiempo.

La llave maestra de la razón es la de cierre.

“Me gustaría hacer aquello pero a tal persona no le gusta, no entiendo por qué no blablá si blablá bla blablá. Si blablablá, blablá blablá bla blablaría bla bla y blablá. ¡Qué manía con blablablá bla bla blablá bla blablá bla bla! Bla bla bla…” Shhht. Silencio.

Escucha tu respiración.

Déjala ser.

Escucha el latido de tu corazón.

Los pensamientos vendrán, espontáneamente. Pero no es necesario perseguirlos, incrementándolos como insuflando aire en una burbuja. Nosotros permanecemos con nuestra respiración, con nuestro corazón. Y los dejamos ir, porque tal como vienen, se marchan.

También vendrán determinadas emociones. Tal vez miedo, o tal vez una alegría inesperada. No importa. Las dejamos fluir. No juzgamos si están bien o no, si las queremos o no. Las dejamos ser. Y tal como rompen, se apaciguan.

Lo que somos verdaderamente puede así aflorar. Tal vez algún asunto requiera una cierta reflexión. La llevamos a cabo, la terminamos, y listos. A veces requerirá más tiempo, a veces menos. A veces requerirá más de una sesión. O tal vez tengamos un trabajo intelectual, que nos requiera el uso de la razón un determinado tiempo al día. Pero la razón no nos va a solucionar cómo debemos vivir. Esa respuesta está escrita en nuestras emociones.

La verdadera tarea de la razón no consiste en cómo amoldarnos a esta herencia familiar y cultural que pesa sobre nosotros. La tarea consiste en cómo amoldar esa cultura que nos rodea a lo que verdaderamente somos.

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