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¿Quién busca la verdad? ¿Buscas tú la verdad?

Dicen que ya no hay verdades, pero que tenemos a la ciencia. Pero la ciencia es deshonesta. Afirma estar basada en la evidencia pero no lo está; lo cierto es que está basada en una explicación de la evidencia, es decir, en una interpretación de los datos que arroja el método científico. Tenemos dos cosas: una es el método (con el que cualquier persona racional estará de acuerdo en que es el mejor acercamiento a la verdad) y otra es la explicación de los datos que arroja el método. Aquí es donde se produce la falacia sobre la que se apoya “la ciencia”. Sobre el prestigio del método científico se construye un discurso, que es, por naturaleza, subjetivo; se construye un planteamiento filosófico que se vende como verdad objetiva.

Cabría objetar que, pese a ser un discurso subjetivo, en tanto que está basado en la evidencia, sus distintas variantes apuntan siempre a la verdad mejor que ningún otro discurso. Pero el problema del discurso científico reside, como señaló Thomas Kuhn, en que está basado en la idea de paradigma. Resulta ser que, a diferencia de lo que nos enseñan, nos explican y/o nos venden, la evidencia no respalda nunca por completo el discurso científico. Existen una serie de datos y de ausencia de fenómenos que pueden contradecir el paradigma científico, pero que son ignorados como “anomalías”, en tanto que no se dispone de más datos que expliquen mejor el asunto y que puedan formar un paradigma más sólido que dé cabida a estas anomalías. Pero el problema no radica en esto (pese a la deshonestidad de defenderlo como “basado en la evidencia” y, por tanto, “objetivo”). El problema es que el paradigma, a fin de permanecer estable, tiene un carácter dogmático: se rechaza todo aquello que no concuerda con él, por lo que, en última instancia, en tanto que el paradigma nunca está 100% comprobado (pese a ser altamente fiable en su campo), muy fácilmente puede estar rechazando interpretaciones veraces y defendiendo otras falsas. Esto se ve con más claridad en los momentos en que nuevos datos ponen en crisis un paradigma y colocan a otro en su lugar. De repente, un montón de cosas que antes eran impensables, ahora devienen la máxima verdad, y viceversa. Con lo cual, además de la deshonestidad de hacerse pasar por objetivo, el discurso científico no es flexible, pese a ser dinámico. De ahí que a los escépticos se les llame “pseudo-escépticos” (véase Marcello Truzzi), porque lejos de ser verdaderamente escépticos, son partidarios del actual paradigma materialista-determinista-ateo y como tales sólo atienden a lo que les conviene y buscan el modo de refutar lo que no.

Otra objeción que podría hacerse en favor de la ciencia es que, si, como he dicho, un paradigma es altamente fiable en su campo, ¿por qué no contentarse con ese máximo acercamiento a la verdad? El mejor modo de ilustrar por qué esto me parece un disparate es la vieja historia hindú de los ciegos y el elefante. Rápidamente, viene a explicar que cinco (o seis, no recuerdo) ciegos fueron a ver a un elefante y luego de ello cada uno relató su versión del encuentro. Uno, que había palpado su trompa, decía: “es

largo y flexible, como un tubo curvado y hecho de sucesivos anillos”. Otro, que había palpado sus cuernos, replicaba: “¡no! Es duro, como un diente, y largo y curvado.” Pero otro que palpó su vientre dijo: “no es largo y curvado, es extenso y plano, y rugoso”. Y así sucesivamente, hasta que hablaron todos.  ¿Cómo definir al elefante? Los datos que nos aporta la ciencia son demasiado escasos como para configurar una visión panorámica del papel del ser humano dentro del Cosmos. Podemos definir ciertos fenómenos, que, dentro de la sed de verdad del ser humano, resultan intrascendentes, o insuficientes. Pero no sabemos cómo enlazarlos todos en un discurso sólido y convincente. ¿Quién somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Qué significa todo esto?

Cuando prescindimos del dogmatismo de los paradigmas científicos (sin necesidad de renunciar a los datos que el método arroja), se nos ofrecen soluciones más flexibles y satisfactorias, en muchos casos.

Problemáticamente, ante estas debilidades, aparece otra caterva que, basándose en las necesidades de la gente, trata de sacar tajada y rentabilidad a todo esto perpetrando toda clase de métodos, tramoyas y panaceas que luego venden en forma de tratamientos, seminarios y demás, enriqueciéndose a costa de vender humo. Ante esto, por su parte, la ciencia, que ha llevado a cabo grandes logros, especialmente en medicina y tecnología, responde con contundencia. “Todos estos son unas criaturas despreciables y miserables que se lucran con la ignorancia de los demás. Magufos y charlatanes.” Y no les falta razón. “Lo que nosotros hacemos está basado en la evidencia”. Y a partir de aquí, no nos queda otra que tragar con su filosofía materialista-determinista-atea.

Pero, ¿quién busca la verdad? ¿Los místicos? ¿Los escépticos? ¿Los zeteticistas? ¿Buscas tú la verdad?

Y yo respondo: no conocemos la verdad, ni podemos conocerla ahora. Pero, ¿a quién le importa eso en realidad? A nadie. Cada uno de ellos no busca sino su propia paz, cada uno a su manera.

Si a ti también te preocupa tu paz mental, dejarás de buscar la Verdad.

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