Cambiar

XIII - La force

“Os esperaba. Soy el inicio del nuevo ciclo y, después de todo lo que habéis llevado a cabo, no podríais vivir si no me conocierais. Os enseñaré a vencer el miedo: conmigo estaréis dispuestos a verlo todo, a oírlo todo, a probarlo todo, a tocarlo todo. Los sentidos no tienen límites, pero la moral está hecha de miedos. Os hare ver la inmensa ciénaga de vuestras pulsiones, las sublimes y las tenebrosas. Soy la fuerza oscura que asciende en vosotros hacia la luz.

Del centro de las profundidades, de los subterráneos de mi ser, brota mi energía creadora. Echo raíces en el cieno, en lo más denso, más terrorífico, más insensato. Como un horno ardiente, mi sexo exhala deseos que, a primera vista, parecen de naturaleza bestial, pero que no son sino el canto oculto en la materia desde el origen del universo.

Mi intelecto, luz procedente de las estrellas, fría como el Infinito, actúa sobre el calor eterno del magma para producir el rugido creador. Cielo y Tierra se unen en ese grito, despertando al mundo. Puedo hacer que en árboles raquíticos crezcan frutos jugosos. Puedo transformar la línea del horizonte en un tajo púrpura, vivo, como un largo e infinito rubí. Cada una de las huellas que mis pies potentes dejan en el barro se convierte en una colmena que derrama miel.

Dejo que circule en mi cuerpo de abajo a arriba, como las olas de un océano proceloso, el impulso sublime y feroz que el mundo necesita. Llamadlo como os parezca: potencia sexual, energía de la materia, dragón, kundalini… Es un caos inconmensurable que cobra forma en mi interior. En mi vientre se unen un diablo y un ángel, formando un torbellino. Como un árbol, estiro mis ramas hacia el cielo reforzando al mismo tiempo mis raíces en la tierra. Soy una escalera por la cual la energía sube y baja simultáneamente. Nada me asusta. Soy el comienzo de la creación.”

Extraído de La Vía del Tarot, de Alejandro Jodorowsky, retomando el hilo de mi anterior blog. Aquel blog, no obstante, lo inicié en discontinuidad con el blog anterior, que a su vez era una mudanza de mi blog primigenio. Hubo en estos blogs una presentación y un cierre, pero no así en El histrión literario, que inicié abrupta y medio clandestinamente, y cerré del mismo modo con aquel post enigmático con la carta del ermitaño.

Podría ser que aquel blog (El histrión…) fuera una prefiguración de éste; un blog que tendía a lo visceral, al desgarro, que nació y se inició así. Pero es necesario, no obstante, y a mi juicio, integrar todo lo que somos y por tanto en este punto sólo puedo avanzar contando con ambas partes: aquellos blogs, delirantes pero con intención de articularse, y aquel otro efusivo y despreocupado (siempre hablando en la naturaleza de su unidad como blogs, ya que, en todos ellos, siempre estuve yo, como quiera que fuera y sea). Por ello, en este blog retomo ambos hilos. Respondo al post del ermitaño y también al primer y casi único post donde trato directa y explícitamente mi relación con mi enfermedad, si bien, por ejemplo, en la Clausura de los blogs deliramentis, hablaba nuevamente de ella.

Fuente: razonatea.blogspot.com

Fuente: razonatea.blogspot.com

En la vertebración de este post (Distonía, piedras filosofales…), se perfilaba una idea de lo divino que ha cambiado en mí ahora. Por un lado, insinuaba que haber recurrido a la mitología griega había sido un acto excesivamente instrumental e insincero. Sin embargo, aunque tal vez fuera cierto, la forma explícita de observarlo remitía a la figura de un dios único e indivisible, dotado de voluntad y capacidad de acción individual. Por si esto fuera poco, me entregaba a una interpretación de PulpFiction entorno al dilema ante una situación extraordinaria y susceptible de ser dotada de significado. Es decir, el dilema ante el “milagro” o el “hecho inusual”. Resalto estos dos aspectos por la cercanía de mi discurso y el de Pulp Fiction, donde se cita libremente la Biblia, con el discurso bíblico. La idea de lo divino, en nuestra cultura se asocia con enorme facilidad al Yahvé de la Biblia: un Dios creador, un individuo antropomorfo –aunque según la Biblia, más bien, los humanos venimos a ser teomorfos– que se reserva (y emplea) la potestad de intervenir en su creación. Esto no es en sí mismo pernicioso, dada su magnitud y su consecuente atracción gravitatoria, a falta de alternativas. No puedo decir que me pusiera de rodillas con las palmas unidas a rezar al dios bíblico, pero tampoco se puede negar la facilidad con que, una vez entrado en un determinado campo conceptual, una idea arrastra a la otra, y una vez hemos traído al clon etéreo de Yahvé, hay que tener cuidado con los clones etéreos del pecado, de la culpa, de la redención. Porque ya no creo en esas cosas. Ni tampoco en la moral, entendida como en la creencia de la existencia del Bien y el Mal.

Y resulta, como decía, no pernicioso, sino incluso productivo, si se hace con conciencia y sinceridad. La Biblia, en tanto que se ocupa de cuestiones trascendentes, nos puede dar ciertas lecciones, si nos apropiamos de su lectura. ¡Mi renuncia a la moral me trae de vuelta al Edén! Y así con otras cosas. Pero debe estar acompañado de conciencia, que puede ser crítica con muchas cosas e interpretar metafóricamente muchas otras.atlas

Desde la distancia, veo que en aquel momento, horrorizado y espantado ante lo que estaba pasando, traté de evitar todo aquello diferente o extraño que hubiera estado haciendo durante los meses anteriores al advenimiento de la enfermedad. Traté de evitar, por ejemplo, determinados ejercicios físicos (véase el método Charles Atlas). Traté de evitar también, como dije en el texto meterme en demasiadas actividades al mismo tiempo: todo despacito, por separado, sin cargarme en exceso. Del mismo modo, pues, traté de evitar frivolizar en el ámbito espiritual, lo cual trajo de vuelta, en mi devoción a devolverme la salud, recuerdos del viejo Yahvé.

Desde la distancia, también, pues, veo todo aquello de otra manera. Tanto el ejercicio como la carga de compromisos no son en sí mismo algo negativo; baste aplicar el sentido común y la experiencia para medir hasta dónde puede o no llegar uno, sin evitar caer tampoco en un exceso de prudencia o previsión. De hecho, por ejemplo, el miedo a verme excesivamente cargado puede resultar igualmente contraproducente, pues se traduce en un estrés similar al de a estar excesivamente cargado. Del mismo modo, el ejercicio, puede causar un cansancio excesivo en la musculatura de la zona, provocando un empeoramiento de los síntomas.

En cualquier caso, todo esto ha sido básicamente un rodeo recreativo; un homenaje melancólico. Encuentro ahora, mucho tiempo después, una raíz que durante mucho tiempo me pasó desapercibida: el propósito de cambiar.

El propósito de cambiar encierra un enorme peligro, y es que, en este propósito, subyace la idea de que hay algo de ti que no está bien y que debe ser cambiado por otra cosa mejor. El propósito puede ser tan bienintencionado como se quiera. Pero, por un simple matiz, su medio resulta profundamente erróneo. Porque no hay nada en nosotros ni en lo que sentimos que sea erróneo ni deba ser cambiado. Todo ello tiene un sentido de ser, un propósito y una sabiduría. El proceso de proporcionarnos nuestra anhelada paz debe pasar por el reconocimiento, la aceptación, y la integración. Cuando fluye el origen de nuestras sensaciones desagradables, es cuando podemos sustituirlo por otra cosa. Pero esa otra cosa tampoco debe ser impuesta, ni preconcebida. A la integración del origen de lo que nos desagrada, le sucede una novedad positiva. Al proceso constante, sincero y de integración de emociones negativas o estancadas y al alimento y celebración de la llegada de un flujo positivo en su lugar, lo podemos llamar cambio. El verdadero cambio. Que no consiste en quitar una cosa para poner otra, sino en dejar que fluyan, por medio de la integración, las emociones reprimidas, y, por tanto, estancadas.

Recapitulando, podemos distinguir tres procesos: la represión, la aceptación y el cambio planificado o, si queremos darle un nombre más estigmatizador, el cambio por imposición. El cambio por imposición tiene en su origen una voluntad de represión, cuando lo que precisamos es su opuesto: la aceptación, que desemboca en su liberación.

Fuente: cafe.eneldf.com

Fuente: cafe.eneldf.com

Cuando recuerdo aquellos tiempos, entorno a los primeros síntomas de distonía, recuerdo ese firme propósito: cambiar. Yo había sido un niño débil, tímido, inseguro, y debía cambiar. Quería ser fuerte, extrovertido, confiado, para dar rienda suelta a mis intereses sexuales. Aquella voluntad de cambio (muy legítima, por otro lado), me la planteé del modo erróneo: supresión e imposición. Supresión de la debilidad e imposición de la seguridad. Dado que la supresión es imposible, emocionalmente, la voluntad de supresión se manifiesta en represión. A la represión le sigue una necesidad de salida por otra vía, según uno deliberadamente se va cerrando las vías ordinarias. El resultado es que llega un momento en que la emoción reprimida se manifiesta físicamente.

Después de recuperarme y de reiniciar mis actividades, permaneció el miedo a recaer y mi posicionamiento, evitando todo lo que pudiera haberme inducido a enfermar. El resultado fue muy irónico: si antes se me torcía el cuello hacia la izquierda, con el tiempo, volví a tener el cuello bajo control. Y luego se me empezó a torcer hacia la derecha. Primero quise, racionalmente, imponerme cómo debía comportar y suprimir cómo no debía hacerlo. Cuando me repuse, quise, emocionalmente, repudiar lo que me podía herir con el propósito de quedarme en las emociones positivas.

En cualquier caso, fui trazando un camino positivo. Primero, un despertar a la necesidad de un compromiso sincero con una toma de conciencia profunda; digamos, espiritual, que es lo que vengo a celebrar del post que he recuperado. Después, el reconocimiento de que el cambio no se produce por imposición de una voluntad intelectual sino que es un proceso emocional más profundo y surrealista. Y, recientemente, que el cambio no se produce por imposición, ni intelectual ni emocional. Todo lo contrario; consiste en la aceptación emocional, que trae consigo la liberación, y el flujo de la vida. Hasta las últimas consecuencias.

El próximo día me gustaría hacer una declaración de intenciones para evitarme asedios escépticos a mi forma de pensar y expresarme.

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